En primer lugar, la masculinización del medio rural. Como hemos visto en los datos, es frecuente que en las zonas rurales vivan más hombres que mujeres. Esto se debe a la migración de las mujeres, especialmente de las más jóvenes. Detrás de esta emigración se puede identificar la división social del trabajo, el sistema de herencia de la propiedad agraria o el impacto de las escasas posibilidades de inserción laboral e social de las mujeres fuera del ámbito familiar. En segundo lugar, el envejecimiento de la población rural es una característica general que incide directamente en las mujeres autóctonas. En el medio rural se incrementa la convivencia con las personas en situación de dependencia, lo que aumenta la carga de trabajo de las personas cuidadoras, las mujeres en general, al tiempo que reduce las posibilidades de participación laboral, política o social.
Las vidas de quienes se responsabilizan de la sostenibilidad de la vida, del cuidado y de la alimentación de los hogares no están en absoluto en el centro.
Los caseríos han funcionado gracias a las mujeres, ligadas a la idea del trabajador incansable. Han cuidado la casa, los que viven en la casa, han vigilado la zona y, además, han llevado adelante trabajos repartidos. Además, han sido invisibles, ya que el ojo se ha puesto en los trabajos de los hombres. Lo relacionado con la producción directa ha cobrado también importancia en el medio rural y la función de las mujeres no ha recibido el suficiente reconocimiento. Esto ha supuesto un menosprecio y arrinconamiento tanto de los trabajos de cuidado como de los trabajos adaptados a las mujeres.
Lo hemos estado investigando y compartiendo en Bortziriak, Larrabetzu y Zaldibia. A partir de enero también estaremos en Sakana para conocer mejor esta realidad.